Isabella

Capítulo 1

1. Mi Bella París

A Isabella le bastó oír la voz de su padre para saber que algo andaba terriblemente mal. El señor Nicolás Andrade, exitoso empresario, presidente de Río Mambo Internacional, nunca la contactaba a esa hora del día; sabía que ella iba todas las tardes al club a jugar tenis con sus amigas y que ese compromiso era ineludible.

     —Te quiero en mi oficina ahora mismo —ordenó el padre.

     —Pero papá, no puedo, sabes que tengo que ir al club… —hizo un berrinche.

     —No es una petición, Isabella, es una orden.

¿Una orden? Isabella no recordaba ninguna ocasión en la que su padre le hubiera dado una orden y su insistencia en que se presentara en su oficina comenzó a preocuparla. Él no era “esa clase” de padre que lanzaba exigencias sin razón. Por el contrario, era amoroso, consentidor y siempre plegado a sus deseos, casi como un esclavo a las órdenes de su amo. Ante tanta insistencia, Isabella no tuvo otro remedio más que dejar de lado el compromiso con sus amigas y cruzar la ciudad a esa hora, con el tráfico congestionado.

El chofer tardó menos de cuarenta y cinco minutos en llegar al centro financiero. Isabella estaba terriblemente asustada y enojada a la vez. ¿Qué sería aquello tan urgente que tenía que comunicarle su padre y no podía decirse  por teléfono? ¿Tendría alguna enfermedad incurable? Su mente divagaba y su ansiedad iba en aumento.

A Isabella le agradaba visitar a su padre porque los empleados la recibían con admiración y adulación. Esa sensación de ser tratada como una diosa le agradaba. En realidad, siempre se había sentido como una, pues con tan solo veinte años poseía todo lo que una chica podría desear: un pent-house en la mejor zona de la ciudad, un BMW rosa, recién salido de la agencia, joyas, zapatos, prendas de marca, dinero a manos llenas y disfrutaba de vacaciones exóticas alrededor del mundo. Lo único que le faltaba para ser perfecta era un título de la realeza, pero la realeza en este siglo había perdido mucho de su encanto de antaño, así que no se perdía de mucho.

La oficina de su padre estaba muy bien decorada y cada vez que lo visitaba la dejaba con la convicción de estar presenciando una vívida obra de arte. Situada en la codiciada Avenida Delaware y diseñada por John Dickenson, el famoso arquitecto británico adorado por celebridades, era un claro ejemplo de refinamiento vanguardista y exquisita elegancia. Una sola mirada al mobiliario bastaba para capturar el lujoso espíritu del diseño.

Su padre la recibió en la puerta y le plantó un beso en la mejilla, así que la joven no tuvo tiempo de admirar la espectacular vista de Paris que se veía desde la ventana. Lo primero que notó fue la forma de caminar de su padre. Iba de un lado a otro, con los puños apretados y la mirada perdida; en definitiva, la viva imagen de un hombre al borde de un colapso nervioso. ¿Qué podría haber provocado aquel cambio en un hombre tan seguro de sí mismo?

El señor Nicolas Andrade siempre fue un hombre decidido, fuerte, de más de un metro ochenta de alto, algo pasado de peso, pero con el atractivo de una madurez que había venido acumulando con los años. La certeza de que algo terriblemente malo estaba ocurriendo la arropó. Él seguía sin hablar, con la frente arrugada, tratando de reunir el valor para decirle a su hija lo que tenía que ser dicho. Tal estado de angustia y desesperación no era habitual en él. Mientras el empresario caminaba, Isabella tomó asiento frente al escritorio.

La joven miró su reloj comprobando la hora, ya que su amiga Ingrid le había dicho que la esperaría hasta las dos de la tarde en el Club Bermige. Atisbó a su padre con impaciencia y él entendió que su hija debía marcharse, aun así, la retuvo. Finalmente, reunió el coraje que se requería para hablar y, tomando una silla de su escritorio, se sentó en frente de ella tomando sus manos entre las suyas:

—Querida Isabella, mi niña linda, lo que voy a decirte es la cosa más difícil que he hecho hasta ahora —hizo una pausa para tragar saliva—. Estoy en problemas. Mi empresa se está desmoronando y el lunes presentaré un expediente para declararme en bancarrota. La recomendación de mi abogado es que lo haga sin demora, pero eso significará el fin de nuestra vida tal como la conocemos, y quería hablar contigo primero antes de dar ese paso. También está en curso una demanda por fraude. ¿Recuerdas a Michael, mi socio?

Asintió con la cabeza, recordando que dicho señor apareció inesperadamente en su fiesta de diecisiete años y fue el único invitado de más de treinta al que su padre invitó sin consultarla. ¿Cómo podría olvidarlo si fue la única nota discordante de aquella celebración de la que se habló por días en las páginas sociales de los periódicos más importantes de París?

Hasta ese momento, ella solo escuchaba sin prestar mucha atención, pues mentalmente planeaba su estrategia de juego para cuando llegara al club. Su padre continuó hablando:

—Bueno, Michael malgastó fondos en inversiones cuestionables y nuestros clientes reclaman la devolución de su dinero. El peor escenario me pondría en la cárcel, pero se están llevando a cabo negociaciones para llegar a un acuerdo justo para todas las partes, y no creo que el encarcelamiento sea el caso.

Luego, hizo una pausa, esperando la reacción de su hija.

—Isabella, ¿has oído lo que te he dicho?

La muchacha parpadeó varias veces. La palabra “encarcelamiento” coló hondo. De repente se dio cuenta del alcance de lo dicho, lo que la hizo entrar en un estado de conmoción profunda, hors de ma tête: No pudo pronunciar una sola sílaba; mucho menos dar una respuesta razonable a la pregunta de su padre. Sus músculos faciales se entumecieron, su respiración se hizo más rápida porque sentía que le faltaba el aire. Hasta ese momento, la palabra bancarrota no existía en su diccionario. ¿Cómo era posible que en una fracción de segundo el mundo cambiara tanto?. Tuvo un vislumbre del futuro de pobreza que se avecinaba. ¡Era devastador! Su fabulosa vida de lujos y riqueza estaba a punto de terminar. Siempre pensó que la pobreza era algo lejano que les ocurría a otros, no a ella. Plebeyos sin suerte que tenían que trabajar para comer. Solo pensar en la palabra “pobreza”, que resumía en un solo plumazo escasez, penurias y trabajo, le ponía los pelos de punta. Se negaba a aceptar que pronto pasaría a las filas del proletariado, como las llamaba Karl Marx.

Su padre le dirigió una mirada compasiva y continuó diciéndole:

—Todas nuestras propiedades tienen que ser vendidas para pagar a nuestros acreedores, incluyendo mi casa, tu pent-house, nuestros coches, joyas, todo, querida. Y cuando paguemos las deudas, me temo que no quedará mucho para nuestros propios gastos. Nuestras cuentas bancarias y tarjetas de crédito ya están congeladas, así que no es buena idea que vayas hoy al club —bromeó él, como lo hacía siempre en situaciones de gran tensión.

Isabella lo miró con angustia, sintiendo que una pesada carga estaba siendo puesta sobre sus hombros. Soltó las manos de su padre con disgusto y se puso de pie para tomar algo de aire y recobrar la compostura. Ahora era ella quien caminaba de un lado a otro de la oficina. Su humor pasó de la ira a la incredulidad, y del miedo a la rabia, mientras él permanecía silenciosamente pegado a su asiento.

—¿Qué vamos a hacer, papá? ¿Dónde viviremos? No sé qué decir. La idea de que puedas ir a la cárcel me asusta muchísimo. ¿Podemos huir a otro país y escapar de todo este lío como lo hace la mayoría de los delincuentes? Tomemos un avión, papá, y salgamos de Francia. Busquemos un país en donde no haya tratado de extradición. Brazil sería un buen destino. ¿No lo crees?

Mientras caminaba, Isabella atisbó por la ventana a un puñado de nubes grises que cubría momentáneamente al sol y, por alguna razón, sintió que esas mismas nubes caían ahora sobre ellos para amargarles la existencia. La expresión de su padre era de angustia y dolor, la misma que exhibió en el cementerio cuando murió mi madre.

—No soy un delincuente, Isabella. Nuestro nombre debe ser limpiado. La honestidad es un activo importante, tanto en los negocios como en la vida personal. ¿Qué clase de padre sería si huyera de mis responsabilidades? ¿Qué lecciones te estaría enseñando? No huiré, Isabella. No concibo la idea de vivir en un país extraño con el temor perenne de ser descubierto. Tampoco pretendo someterte a ti a esa clase de vida. Debo dar la cara a nuestros clientes. Ellos confiaron en mí y no debo defraudarlos.

La obstinación de su padre surgía siempre en los momentos menos convenientes. Cada vez que el comportamiento de su hija no satisfacía sus expectativas, él se encargaba de instruirla mediante charlas y anécdotas sobre principios y valores que le mostraban el tipo de lección a aprender. Isabella se puso a la defensiva:  

—¡En este momento no me importan las lecciones! ¡Me importas tú, mon père! No me importa vivir escondiéndome, si tú estás a mi lado. Si vamos a ser pobres, quiero ser pobre contigo.

Su padre la miró. Era uno de los hombres más ricos de Francia y hacía unos meses la revista Forbes lo incluyó en la lista de los hombres de negocios más exitosos del año. Su escalera hacia el éxito no había sido fácil. A los tres años fue abandonado por sus padres en un orfanato. Tiempo después lo adoptó una pareja francesa, cuya residencia se encontraba en uno de los suburbios más exclusivos de París. Sus padres adoptivos lo amaron como si fuera su propio hijo y Nicolás conoció, al fin, lo que significaba crecer en un hogar lleno de amor y comodidades. Cuando estos murieron, él heredó el negocio familiar, Rio Mambo Internacional, cuya principal actividad era el comercio de bonos y acciones en los mercados internacionales. Nicolás Andrade había trabajado duro para lograr el nivel de éxito que disfrutaba hasta ahora, y cuando Isabella nació contaba ya con una cuantiosa fortuna, por lo que la muchacha jamás había conocido la escasez.

Su padre siguió con su exposición:

—Mi colapso económico seguramente será muy publicitado por los medios de comunicación y todos sabemos que estos pueden ser tan despiadados como aves de rapiña.

La joven comenzó a sollozar incontrolablemente y él se levantó para abrazarla, lamentando lo que estaba ocurriendo. Isabella nunca había sido pobre, nunca había pensado que podría serlo y la certeza de que pronto lo sería la puso a temblar de pies a cabeza.

Pensó en su fabuloso pent-house con vistas a la Torre Eiffel, con cinco sirvientes a misu disposición las 24 horas del día, dos guardaespaldas, dos choferes y tres pequeños perros de raza tan lindos como ositos de peluche. MeSe jactaba de disfrutar vacaciones costosas gracias a misu sólido estatus social y económico, con viajes alrededor del mundo a playas exóticas en el Caribe y Europa, alojándomealojándose en hoteles cinco estrellas, centros turísticos en Canadá y lujosas cabañas en los Alpes del Sur, sin preocuparse nunca de cuánto dinero tenía en su bolso. Siempre había mucho. Por otro lado, su ropa estaba hecha a la medida por diseñadores de renombre mundial; siempre compraba en Dior, Gucci, Zara, Calvin Klein y Dolce & Gabbana. Nunca había pisado un Walmart, ni había comprado a precios de ganga y, ciertamente, no a crédito. Cambiaba de coche tan a menudo como cambiaba de novio y las fiestas y restaurantes eran parte de su rutina diaria. ¿Cómo podía estar pasándole eso?

Caminó hacia la ventana y la abrió de par en par. Quizás, una bocanada de aire y el brillo de París le trajeran un poco de sosiego a su corazón. Pero las cosas estaban a punto de empeorar, y su padre, frunciendo el ceño, agregó:

—Siéntate, Isabella, hay más cosas de las que tenemos que hablar.

—¿Más? —suspiró, apartándose de la ventana—. ¿No es suficiente con lo que acabas de decir?

 Volvió a la silla. Al darle una segunda mirada al mobiliario ya no le pareció tan vanguardista. Ahora  lo sentía amenazante a medida que la tensión crecía. Tal vez era verdad lo que dicen los metafísicos de que el entorno se ve afectado por la forma en que sentimos y pensamos. Nicolás notó la genuina confusión de su hija por el temblor de sus manos.

—No quiero que estés en París cuando todo esto se haga público, Isabella. Sin embargo, yo sí tengo que quedarme para manejar el proceso de bancarrota, hay tantas cosas que necesitan hacerse. Me he puesto en contacto con tu abuela Margarita, y estará encantada de recibirte en su casa. Sé que no eres muy cercana a ella, pero tu tía Gloria también vive allí con su marido, y creo que es un buen momento para que los conozcas por fin. A tu madre le habría gustado.

Aquellas palabras las sintió como un balde de hielo en su cabeza. Sus parientes lejanos por el lado materno vivían en algún país salvaje en un continente del tercer mundo. Y a decir verdad, ella nunca había pensado demasiado en ellos.

—No, papá. No te dejaré solo. Ingrid puede darme refugio en su casa. Ella es mi mejor amiga y obviamente me ayudará. La conozco desde que éramos niñas, no me rechazará —y no mencionó a su gruñón novio George porque su padre nunca la dejaría mudarme a su apartamento sin estar debidamente casada. Tampoco estaba segura de que George le permitiera estar con él, después de todas las discusiones que habían tenido los últimos dos meses.

Una mirada incrédula se asomó a los ojos de su padre, sabiendo por experiencia propia que la gente en desgracia a menudo es rechazada por aquellos en los que más confían. Presionó sus dedos sobre los hombros de la muchacha y continuó:

—Te sorprendería lo mucho que cambia la gente cuando sus amigos están en medio de una desgracia. En casos como este, muchos te darán la espalda. No cuentes tanto con la amistad de Ingrid, querida, podría decepcionarte. El dinero tiene muchos amigos, las personas, no. Mi propio socio sabía de antemano que nuestras inversiones estaban en peligro y que nuestra colocación de acciones estaba en riesgo, pero Michael sorprendentemente tuvo tiempo de salvar sus activos, pero guardó silencio y no tuvimos tiempo para salvar los de la empresa.

—Ingrid no es una desagradecida, papá. Somos como hermanas, de carne y hueso. Paso tanto tiempo en su casa como ella en la mía. Su madre es dulce, comprensiva y con modales gentiles. Me atrevo a decir que su padre me aprecia como a una hija. No nos darán la espalda como acabas de decir. Me han invitado a ir a Marruecos con ellos la próxima temporada. ¿No es eso un indicador de cuánto me quieren? —insistió con la ingenua franqueza de su juventud.

Su padre suspiró con dudas y ella sintió culpa en su voz. De sus labios, escuchó:

—Como te dije, no cuentes con eso. Prepárate para salir el próximo sábado hacia Villa Hermosa. Afortunadamente, tus boletos fueron emitidos antes de que las cuentas bancarias se congelaran. Aunque debo informarte que no viajarás en primera clase sino en económica. Lo siento, querida.

Abrió los ojos desmesuradamente. Su padre se había hecho cargo de todo y al parecer no había cabida para quejas ni berrinches. Sintió que estaba en una especie de juego maquiavélico en el que la vida barajeaba sus fichas y las ponía en las posiciones equivocadas.

No contento con lo dicho, agregó:

—Y cambiando de tema, te informo que un agente inmobiliario tasará mañana el valor de nuestras propiedades. Es probable que pase por tu pent-house para hacer el peritaje, así que no salgas.

Isabella escuchó sus palabras con desasosiego, nunca imaginó que fuera posible que las cosas pasaran tan rápido. Pasó de rica a pobre en menos de una hora. ¡Record Guinness!

—Tan pronto, ¿en serio? ¿Y qué pasa con Villa Hermosa? Nunca he oído hablar de ese lugar.

El padre le guiñó un ojo y le dijo en voz baja:

—Vamos, Isabella. ¿Has olvidado que naciste allí? Tu abuela vive cerca de la selva amazónica. Gloria y Augusto tienen una hija llamada Lolita, que más o menos tiene tu misma edad. Te vendría bien tener una compañera así en un lugar tan remoto.

Pero Isabella no tenía intenciones de ser compañera de nadie, mucho menos de una joven que seguramente era una salvaje, sin refinamiento ni clase y con los modales de un mono.

—No, no he olvidado que nací en un lugar así. Lo olvido adrede porque me gusta más París. La civilización es lo mío, no esos lugares vírgenes del planeta ¿En verdad, me estás enviando a la selva? —refutó con rabia.

—Dije «cerca» de la selva, no «en» la selva, Isabella. Es una oportunidad para que conozcas a esa rama de tu familia.

Ella no estaba interesaba en fomentar ningún tipo de vínculo con parientes que nunca había visto. Además, la selva es un lugar peligroso, lleno de mosquitos, arañas y toda clase de alimañas. Ni hablar de los depredadores como leones, tigres, caimanes y quién sabe qué otras criaturas horripilantes de la era terciaria de la prehistoria.

—Sin embargo, suena como si me enviaras a mezclarme con nativos y animales exóticos —respondió amargamente— Debe haber una buena razón por la que mi madre nunca regresó. ¿Tienen ellos un alojamiento adecuado para mí? Mi cama tiene tensores especiales para garantizar mi descanso. ¿Les informaste eso? Además, sabes que no puedo soportar el furor de los climas cálidos; mi piel es demasiado delicada y requiere cuidados especiales. Por otro lado, mi dieta también está bajo supervisión médica. Y por si eso fuera poco, nunca he cruzado más de dos palabras con ellos, solo saludos navideños y felicitaciones de cumpleaños por mensajes de texto, y solo cuando mi madre estaba viva. ¿Hay centros comerciales allá? ¿Dónde voy a comprar mis ropa y miz zapatos? Seguro solo habrá guayucos como los que usa Tarzán. ¡No, padre, no me envíes allí!

El tono de su padre se volvió más suave. Su principal preocupación era, sin duda, el bienestar de su hija y en cómo este incidente afectaría su futuro, considerando que la falta de recursos era un asunto serio que tratar. Su difunta esposa, Matilde, era quien traía el equilibrio y las restricciones a la vida de Isabella, pero después de su muerte hacía ya cinco años, no había límites en cuanto a lo que ella pudiera desear, pedir y tener. Era obvio que su padre no tenía la voluntad de imponerle restricciones. No había peligro cuando el dinero abundaba, pero ahora, cuando la realidad se acercaba con toda su fuerza abrumadora, Isabella no tenía ni la preparación ni el ánimo para salir victoriosa en esta circunstancia.       

 —Isabella, mi querida hija. A veces pienso que te he malcriado demasiado al cumplir todos tus caprichos y asumo toda la culpa por ello, porque ciertamente soy consciente de que no estás preparada para lo que se avecina, y ni siquiera te das cuenta de lo diferente que serán las cosas de ahora en adelante. Eres demasiado malcriada e infantil. Ahora, es el turno de la vida de enseñarte lo que yo no pude, y le pido a Dios que sea indulgente en sus lecciones —dijo, mientras se pasaba las manos por el cabello. Luego, añadió sonriendo:

—Querida, no creo que seguir esa extraña dieta tuya sea estar bajo supervisión médica. El yogurt y los copos de maíz no son comida. Hay formas más saludables para nutrir tu cuerpo. Por otro lado, estoy seguro de que Margarita y Gloria te tratarán bien y en Piedra Azul, que es el nombre del rancho en el que viven, encontrarás también cereales y muchas cosas que te agradarán. Quizás, no encuentres todas las cosas a las que estás acostumbrada. Pero debes abrir tu mente y aceptar que el mundo tiene diferentes matices. Es cierto que en Parías las frivolidades están a la orden del día, pero en Villa Hermosa encontrarás un mundo diferente que también tiene su encanto.

Pero Isabella estaba más preocupada por su alimentación que por conocer nuevos mundos.

—¿Crees que haya cereales importados en la selva? ¿Con arándanos orientales? ¡No lo creo, papá! ¡No lo creo! —arrugó el entrecejo porque ponía en duda que pudiera encontrar algo que cumpliera sus expectativas en la selva amazónica.

En ese momento entró Rose, la secretaria animosa de su padre, quien había estado trabajando en la firma por más de quince años y tenía el aspecto de una vieja y anticuada profesora, con sus pesadas gafas de carey colgando como un alpinista en la nariz. Vestía siempre blusones y faldas amplias que le daban la apariencia de una carpa de circo. Interrumpió la conversación para traerles dos tazas de café humeante. Isabella rechazó amablemente la suya, porque sólo bebía café de una nueva marca fabricada en Málaga, sin cafeína y con sabor a vainilla. Pero, cuando estaba a punto de irse, la joven la llamó de nuevo.

—Rose ¿Me traerías un mini pastel de chocolate? No de la panadería del centro financiero que es un asco, sino de la panadería Rouge’s a tres cuadras de aquí.

Ella, con su amabilidad característica, asintió con la cabeza y cerró la puerta. Nicolás, con expresión de disgusto, dijo:

—Isabella, olvidaste decir la palabra «por favor».

La muchacha miró a su padre con incredulidad.

—¿Por qué? ¿No le pagas por hacer su trabajo? Soy tu hija, está obligada a servirme y a hacer lo que se le diga.

—No, querida, estás equivocada. Esa no es la forma en la que funciona el mundo. Tú no eres el centro del universo. La próxima vez, hazme feliz y corrige tus modales. Ser educada y tener cuidado de no herir los sentimientos de los demás es algo que deberías practicar de alguna manera.

Hubo un silencio incómodo entre los dos, pues su padre jamás le había llamado la atención por ese tipo de cosas. Luego, suavizando su expresión, retomó el desagradable asunto del viaje a la selva:

—Te aseguro que tu madre siempre quiso volver a la selva amazónica. Fui yo con mi egoísmo lo que le impidió hacerlo. Ella creció allá. La conocí en uno de mis viajes de negocios mientras ayudaba a unos empresarios españoles en la puesta en marcha de una fábrica de acero. Por aquel entonces, yo representaba a un par de empresas que alquilaban maquinaria pesada y los españoles suscribieron algunos contratos con ellos. Pero los fines de semana, era libre de hacer lo que quisiera. Me gustaba pasar el rato y mezclarme con la gente del lugar. Un día, me detuve en la panadería para comprar golosinas, ya sabes lo mucho que me gustan, y tu madre estaba allí comprando las suyas. Era la chica más guapa que había visto en Villa Hermosa y me enamoré de ella de inmediato. Sus sonrisas y risas eran únicas; nunca me cansé de ellas. Nos casamos unos meses después en Piedra Azul, pero cuando naciste, nos mudamos a París permanentemente porque queríamos que tuvieras una educación normal.

—¿Si mi madre quería tanto volver, por qué no se lo permitiste? —preguntó con curiosidad.

Su padre vaciló como si sopesara si era conveniente decirle toda la verdad, esa parte de la vida de su madre que él quería ocultar. Finalmente, habló:

—Hay muchos conceptos erróneos y leyendas en pueblos pequeños como Villa Hermosa, derivados de la ignorancia y el analfabetismo. Debes entender que la imaginación de los habitantes en los pueblos, alejados de las grandes ciudades, es muy vívida. No tienen educación y les otorgan a ciertos fenómenos un velo místico que bien podría ser explicado por la ciencia, si se tomaran el tiempo necesario para investigarlo. A tu madre le tomó un buen tiempo deshacerse de esas creencias. No te asustes por lo que voy a decirte; espero que lo tomes como lo que es, una expresión autóctona de las peculiaridades de un pueblo. Por ejemplo, tu abuela Margarita se supone que hablaba con los espíritus, sí, no me mires con esos ojos, Isabella. Según las palabras de tu madre, los espíritus llegaban a su casa y ella los atendía como si fueran personas reales. Tu tía Gloria era o es una especie de adivina y mucha gente del pueblo la consultaba para lecturas con las cartas del tarot y las runas. No sé en qué estará metida tu prima Lolita, pero debe ser algo tan ridículo como lo de su madre. Todo el pueblo parece alentar este tipo de historias de fantasmas y mitos. Aprenderás a manejar eso y a no prestar atención a esas desviaciones. A pesar de sus peculiaridades, son buenas personas, Isabella, y nunca te harían daño. Si no lo fueran, no te enviaría con ellos. Lo único que tienes que hacer es lo que yo hice: ignorar esa parte de sus vidas.

Isabella recordó una vieja historia que su madre solía contarle en las noches lluviosas, cuando se acurrucaban bajo las cobijas, oyendo el tintinear de las gotas de lluvia golpeando contra el cristal de las ventanas. Era la historia de su bisabuela indígena, quien tenía la extraña facultad de convertirse en jaguar, y a decir de las personas del pueblo merodeaba por la selva en las noches.

Ese cuento cautivó la imaginación infantil de Isabella mucho tiempo, por su rica cadencia y sus vastas descripciones de los paisajes de la jungla. Sin embargo, por muy loco que parezca, nunca pensó que ese cuento fuera una falsedad. Quizá porque lo escuchó mil veces de labios de su madre o porque su mente era tan prolífica que le daba visos de realidad a esa ridícula historia. Sin embargo, al crecer, lo desechó con desdén, como se desechan los juguetes viejos que no tienen cabida en la vida adulta. Su madre murió hace cinco años, pero esa vieja historia aún permanece en sus recuerdos y emerge de vez en cuando en su memoria.

Pero no era ella, sino su padre, quien estaba en esa lujosa oficina, hablándole de cuentos y leyendas, preocupado por la ola de misticismo que rodeaba a sus familiares.

—No tendré que irme, papá. No te preocupes. No me iré, me quedaré en Francia y te ayudaré —sus ojos brillaban de esperanza.

Nicolás Andrade parecía derrotado, como si todos los años del mundo hubieran caído de una sola vez sobre su frágil espalda.

—No sé cuánto tiempo me lleve superar esto, Isabella, pero mi promesa es la siguiente: tan pronto como me establezca, te buscaré, querida, y volveremos a estar juntos. La mayoría de los titulares sacará provecho de los vericuetos de este asunto, así actúan los editores y los periodistas de los periódicos; pero recuerda que solo serán mentiras maliciosas. Siempre he llevado a cabo mis operaciones comerciales de forma recta. Nunca dudes de mi honestidad.

—No tienes que decirlo, papá. Te conozco y sé que no eres capaz de ninguna acción que se aleje de la legalidad.

Un golpe en la puerta anunció la entrada de Rose, quien se acercó a Isabella para entregarle el pastel. Los ojos de su padre se fijaron en su hija y carraspeó para indicarle lo importante de agradecer.

—Gracias, Rose —murmuró con indulgencia, las palabras salieron de su boca, más no de su corazón.

Rose asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocía a la hija del jefe y la catalogaba como una niña consentida y malcriada. Salió de la oficina, mientras Isabella abría la bolsa y sacaba su mini pastel para constatar que fuera exactamente el que había solicitado. Los pasteles de Rouge’s no eran fáciles de imitar y ella no se dejaría embaucar con un pastel de inferior calidad. Afortunadamente para Rose, no hubo dudas de que el producto provenía de Rouge’s.

Isabella miró el reloj y se dio cuenta de que ya era hora de regresar a casa. Definitivamente no iría al club, no después de escuchar lo que había dicho su padre, demasiadas emociones habían tenido lugar ya esa mañana. Se acercó a él, lo abrazó con fuerza como si con aquel abrazo pudiera retenerlo con ella de por vida, y lo besó en la mejilla, sabiendo que tenía al mejor papá del mundo. Esta vez, no derramó ni una lágrima porque su padre necesitaba su apoyo, no su tristeza, así que, escondiendo su desesperación, murmuró:

—Te quiero, papá. Las cosas van a estar bien —después de haber dicho eso, lo besó de nuevo y se dirigió a la puerta, dejando un rastro de perfume caro detrás de ella.

Mientras caminaba hacia el ascensor, iba cavilando:

—Oh, París, mi París, la joya del Sena, la ciudad que brilla día y noche, tus puentes y veredas, tus parques floridos, tus concurridas aceras, tus coloridas tiendas y mercados, la vida bohemia de tus calles, tu vida nocturna tan apreciada por mí, la cuna del arte y el amor. ¿Cómo viviré ahora sin ti? ¿Cómo vivirás tú sin mí?

Capítulo 2

2. Maximiliano Fontaine

Madrid a las doce del mediodía era una de esas ciudades europeas con un tráfico infernal. Sin embargo, el chofer de la señora Estefanía Fontaine logró esquivarlo utilizando vías alternas y en ese momento se estacionaba frente al prestigioso bufete de abogados Fontaine, Ross y Anderson. El verano había sido particularmente fuerte este año y el aire acondicionado del vehículo casi no se daba abasto. A pesar del insoportable calor, la mujer lucía fresca, como si recién saliera de un baño de espumas. Con más de cincuenta años bien llevados y tres hijos adultos, la señora Fontaine conservaba su apariencia juvenil y bien podría pasar por una mujer de menor edad. Pero pese a su aparente fragilidad, su carácter fuerte se dejaba ver de vez en cuando.

     Se bajó del vehículo y a mitad de camino regresó para hablar con su chofer a través de la ventanilla:

     —Mantente cerca, Manuel.. No tardaré.

     El hombre, de la misma edad que ella pero con apariencia más desgastada por la vida, asintió. Quince años al servicio de la señora le habían dado ciertos privilegios. Entre ellos, el de hablarle sin mucho protocolo.

     —No se preocupe, mi señora. Aquí estaré.

     Estefanía Fontaine llegó a la recepción taconeando los pasos. Los presentes voltearon a verla. No se anunció sino que siguió directo a los ascensores. Todos conocían a la madre de su gerente general, Maximiliano Fontaine, el atractivo abogado que estaba revolucionando el mundo de los bienes raíces.  

     Tomó el ascensor y marcó el piso 11. Su hijo probablemente se hallaba ocupado y todavía no habría almorzado. Si tenía suerte, quizás, hasta almorzarían juntos. Cada vez las ocupaciones de Maximiliano eran mayores y ya había comenzado a faltar a las cenas familiares de los jueves. Pero aquella visita no era casual. Tenía un propósito y ella no pensaba marcharse sin haber logrado lo que quería.

     Las puertas de la elegante oficina se abrieron y las esculturas de bronce importadas de Marruecos quedaron a la vista. Aquel recinto era tan varonil como el dueño que lo ocupaba. Maximiliano se hizo cargo personalmente de cada detalle y era un reflejo exacto de sus gustos.

     La mujer divisó a su hijo al teléfono: traje impecable, corbata a juego y cabello meticulosamente arreglado. Era atractivo, se parecía más a ella que a su padre. Había heredado los ojos azules y el cabello castaño de su abuela irlandesa. De su padre heredó el endemoniado carácter, pues ambos eran tercos como mulas.

     Maximiliano, al verla, le hizo señas de que se sentara y siguió conversando de una importante transacción que su bufete estaba llevando a cabo en ese momento. No se sorprendió al ver a su madre, pues esta con frecuencia pasaba a visitarlo.

     La señora Fontaine se entretuvo viendo los mensajes de su celular, mientras esperaba a que su hijo terminara de hablar. Cuando Maximiliano, finalmente, lo hizo, colgó el auricular, se levantó y fue a darle un beso en la mejilla.

     —¿Qué haces por aquí, mamá? Pensé que estarías arreglando maletas para reunirte con papá en Villa Hermosa.

     La mujer asintió, al tiempo que guardaba su celular y sacaba un estilizado cigarrillo que llevó a su boca y procedió a encender con un encendedor de plata. Aquel era el único vicio de su juventud que aun mantenía, a pesar de las quejas de su marido sobre el insoportable olor de la nicotina y la desagradable coloración amarillenta que el cigarro dejaba en los dedos.

     —¿Qué pasa? ¿Acaso una madre no puede visitar a su hijo cada vez que quiera? —después suavizó el tono— El vuelo sale el sábado y tengo todo listo para el viaje. El motivo de mi visita es otro. ¿Dónde está Tomás?

     El socio y asistente de Maximiliano siempre lo acompañaba en todo momento. No era un empleado más. A fuerza de tanto verse, ya era considerado un miembro de la familia. Los hermanos de Maximiliano lo presentaban a sus amigos como el hermano gemelo que su madre no tuvo.

     —Fue a la notaría. No tarda en llegar.

     La señora Fontaine cruzó la piernas, tomó una segunda bocanada y esparció el humo por todo el lugar. Hubiera sido mejor que Tomás estuviera presente. Él siempre se encargaba de modular las conversaciones conflictivas entre ellos. Luego, fue al grano:

     —Quiero que me acompañes a Villa Hermosa. Tu padre está teniendo problemas con la negociación para adquirir las tierras de Augusto Sulbarán y es necesario que lo ayudes a resolver este asunto cuanto antes. Sin esas tierras, no será posible la ampliación de la fábrica. Tu padre tendría que quedarse más tiempo en Villa Hermosa y estaría de un humor terrible. Quiero que vuelva a casa. Ya estoy cansada de estos viajes al amazonas.

     Los padres de Maximiliano, Alejandro y Estefanía Fontaine, eran muy conocidos en los círculos sociales de Madrid. Su labor benéfica y participación en diversos programas humanitarios eran reconocidas por diversas organizaciones del país. En Madrid, Alejandro tenía la mayoría de las empresas que componían su consorcio, pero, ocasionalmente, se ausentaba de su residencia algunos meses al año para atender sus negocios en el extranjero, especialmente el de Fontaine Steel Inc. en Colombia, cuyos beneficios eran tan abundantes que requería la ampliación de la fábrica para cumplir con la demanda de sus clientes.

     Maximiliano era el hijo mayor, a punto de cumplir los treinta años, soltero e independiente, dirigiendo con mucho éxito su bufete de abogados; Rebeca, la única chica de la pareja, era una joven vivaz y mimada por sus padres y hermanos, con gran talento para la música, poseedora de un título universitario en Literatura y Artes, lo que la hacía blanco de las bromas de sus hermanos que decían que moriría de hambre por haber elegido una carrera tan impráctica en el mundo actual; y Ricky, el más joven, era un muchacho extrovertido, con gran sentido del humor, muy consciente de su atractivo físico. Cursaba el último año de universidad para convertirse en médico.

     Maximiliano era el representante legal del consorcio que presidía su padre y su presencia era requerida de vez en cuando para gestionar los aspectos legales de las operaciones de la compañía Fontaine Steel Inc. Hasta ahora había delegado esa tarea en Tomás, quien demostró ser competente en sus funciones, pero la ampliación del complejo industrial llegó a un punto de estancamiento por la negativa de Augusto Sulbarán, quien se rehusaba a vender su propiedad. Necesitaban el terreno para instalar el sistema de tuberías desde las instalaciones del proveedor hasta la planta de refrigeración, y los planos de construcción señalaban como la opción menos costosa la que atravesaba el terreno de Sulbarán.

     Maximiliano lanzó un suspiro al aire. No era la primera vez que su madre intentaba arreglar la deteriorada relación entre él y su padre. Estaban distanciados desde hace cinco años. Se comunicaban solo a través de correos electrónicos y evitaban a toda costa el contacto personal.

     —Tengo demasiados asuntos pendientes aquí, mamá. No puedo ausentarme. Además, el contrato de compra-venta de Sulbarán está en manos de papá desde hace una semana. Lo único que tiene que hacer es hacerle una oferta generosa al propietario por sus tierras y el asunto estará solventado.

     La mujer se acomodó en el asiento. Se preparó para aplastar con razonamientos las justificadas objeciones de Maximiliano.

     —No es tan sencillo como piensas. El hombre es muy testarudo y no quiere vender. Y tu padre no tiene tacto para las negociaciones. Ya lo sabes. Él no pide, él impone. Y su forma de ser no es del agrado de algunos. Necesito tu ayuda, Maximiliano. ¡Solo por esta vez!

     Sí, Maximiliano conocía demasiado bien la terquedad de su progenitor. Pero su madre no cedería ante la negativa de su hijo tan fácilmente y él lo sabía.

     —Vamos, Maximiliano. Hazlo como un favor hacia mí. No por tu padre, que al fin y al cabo es tan terco como tú, sino por mí —y aquí puso su cara de desvalida.

     Maximiliano echó la silla hacia atrás y miró a su madre con impotencia.

     —Lo que no entiendo es por qué tenemos esta conversación una y otra vez.

     El humo ya llenaba cada resquicio de la oficina y Maximiliano se levantó para abrir la ventana.

     —Deja de fumar. El bufete es un lugar libre de humo y se ve muy mal que como gerente no respete las reglas. Además, recuerda que soy alérgico a los olores fuertes.

     Su madre sacó el cigarro de su boca y buscó un cenicero para apagarlo, pero no había ninguno. Maximiliano le arrebató el cigarrillo y fue a tirarlo al baño privado que había en el recinto. Al regresar, su madre seguía con la misma cantaleta.

     —¿Podrías ir solo por unos días? Cierras el trato con Sulbarán y regresas a tu oficina. Incluso puedes llevar a Marcela. El ambiente exótico de Villa Hermosa seguro le encantará.

     Maximiliano esbozó una sonrisa cínica. Marcela solo disfrutaba los eventos frívolos y estaba seguro de que enterrarse en una selva repleta de mosquitos no formaba parte de sus fantasías. Además, habían terminado recientemente y él no tenía intenciones de reanudar la relación. Marcela era un cuerpo hermoso, nada más. Con ella se aburría de lo lindo. Su inteligencia brillaba por su ausencia, pero sus rabietas siempre estaban presentes.

     —Lo siento, madre. Marcela y yo ya no estamos saliendo.

     Su madre lo miró con sorpresa. Esa joven había durado más de lo normal, exactamente nueve meses, cinco días y algunas horas. Maximiliano incluso la había incluido en las reuniones familiares, por lo que Estafanía hasta había comenzado a hacerse ilusiones de que pronto llegarían los nietos.

     —Es una pena, Maxi. Me caía bien. Pero no nos desviemos del punto. ¿Irás a Villa Hermosa?  ¿Sí o no? Ricky y Rebeca estarán allí. Hace tiempo que no tenemos una reunión familiar. Me daría tanta dicha…

     Maximiliano supo que estaba perdido. Cuando su madre adoptaba esa actitud de mártir mortificada al mejor estilo de Juana de Arco, no había nada qué hacer.

     —Está bien. Iré. Pero no puedo ir el fin de semana. Espérame el lunes o martes.

     La señora sonrió con animosidad. Lo había logrado. Aquella táctica nunca fallaba. Tendría la cena familiar y si todo salía bien, padre e hijo limarían sus asperezas, así se matan dos pájaros de un tiro.