Cuando llegaste a mí, ya estaba herida.
A mis mejores años, mis mejores momentos,
irremediablemente, ya moría.
Amores tuve hasta el hartazgo
y solo me dejaron desengaños.
En las mañanas, para mí, no hay sol radiante,
ni en las noches encuentro luna llena.
Ni auroras ni ocasos me conmueven,
ni la brizna del viento en la alameda.
Cuando llegaste a mí, ya estaba herida,
la neblinosa soledad me acurrucaba
y un vacío extraño perduraba
en los días, las semanas y los años.
No refrescaba la lluvia mis caminos.
No tenía sensación, ni sentimientos,
no existía vida en mis cansados huesos,
no fluía el palpitar idílico del día,
ni de la noche tenía su consuelo.
¡Nada! ¡nada! ¡nada!,
Exaltaba en mí el más leve sentimiento.
Impermeable soy a los buenos pensamientos.
Soy tierra yerma, historia sin tiempo.
Vivo con los ojos cerrados,
en un mundo incoloro y sin matices.
Para mí no hay maravillas ni sorpresas,
convivo con los muertos y las caraberas.
Ese es mi destino ambiguo.
Cuando llegaste a mí, no había nada
de la pureza, que una vez me acompañaba.
Soy desecho mortal de pasados amores,
quimera viviendo una existencia
que no tiene definida los colores.
La negrura del desamor me circunscribe,
yo la saludo, fiel, cual buena amiga.
Cuando amanece, la percibo.
Cuando anochece, la adivino.
Cuando llegaste a mí, no existía nada,
solo mi alma corrompida descompuesta en infinitos trozos
y vagando sin rumbo en la ignominia,
entre grises praderas y claroscuros rostros.
Ahora llegas a mí cual agua clara
vertiendo tu aguamiel en mis heridas,
me acarician tus manos,
me devoran tus besos,
fuertes, alocados, traviesos
Te deslizas bajo el subterráneo de mi piel dormida
por caminos prohibidos, demenciales.
Me arrebatas e impones tu presencia
y me entrego sin temor a consecuencias.
Un ligero temblor de mis rodillas,
la bizarra sensación de estar bendita,
un rubor de mi boca que al besarte
me desnuda una realidad intrigante:
No estaba tan muerta como yo pensaba,
ni tan perdida como para no encontrarte.

